Idearium español
Idearium español
Fragmento de Idearium español
No sé si el engreído lo sabe todo, el incrédulo no sabe y no quiere saber de nada y el escéptico ve todo con cierta distancia. No sé si los personajes cínicos de la literatura del siglo de Oro sabían el terreno que pisaban y venían de vuelta de todo. No sé si ciertas elucubraciones trascendentes vertidas en los ensayos de la Generación de 98 tienden a confundir la tierra y el cielo, lo ideal con lo real. No sé si algunos diagnósticos eran certeros y las recetas y soluciones voluntariosas, pienso en Nietzsche.
Ángel Ganivet y Miguel de Unamuno coincidían en que los males que aquejaban a España eran la Abulia, la pereza y el cainismo. Las receta que ambos dispensaban: más España, nada de Europa y mucha espiritualidad. El lema de San Agustín: «Noli foras ire, in te ipsum redi. In interiore homine habitat veritas» No necesitas ir fuera, entra en ti mismo. La verdad habita en el interior del hombre. Lo podemos encontrar en el "Idearium español" (1897) y en ¡Adentro! de Miguel de Unamuno (1900)
Alguno podría pensar los buenos diagnósticos que realizaban Ganivet y Unamuno sobre los padecimientos que los españoles sufrían y la paradoja candidez y voluntariedad de sus recetas espirituales. Habría que descartar la alienación religiosa porque Unamuno en "San Manuel, mártir" nos presenta un sacerdote que ha perdido la fe y finge para hacer la vida más llevadera a sus feligreses.
Ganivet se suicidó con 33 años y no contempló la traca final de cainismo español: la Guerra Civil Española del 36. Unamuno apoyó el golpe Estado del 36 en sus primeros meses y cayó del caballo que diría San Pablo en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca: "Venceréis, pero no convenceréis".
No sabemos si la utilización de caverna y encadenados en el Idearium español es una referencia a la caverna platónica.
Idearium español
<< Una de las obras mayores de nuestro teatro es "La vida es sueño" de Calderón: en ella, en un caso psicológico individual que tiene un valor simbólico universal nos da el artista una explicación clara, lúcida y profética de nuestra historia. España, como Segismundo, fue arrancada violentamente de la caverna de su vida oscura de combates contra los africanos, lanzada al foco de la vida europea y convertida en dueña y señora de gentes que ni siquiera conocía, y cuando después de muchos y extraordinarios sucesos, que parecen más fantásticos que reales volvemos a la razón de nuestra antigua caverna, en la que nos hallamos encadenados por nuestra miseria y nuestra pobreza, preguntamos si toda esa historia fue realidad o fue sueño, y sólo nos hace dudar el resplandor de la gloria que aún nos alumbra y seduce como aquella imagen amorosa que turbaba la soledad de Segismundo y le hacía exclamar:
Sólo a una mujer amaba
que fue verdad creo yo,
pues que todo se acabó
y esto sólo no se acaba
Un pueblo no puede, y si puede no debe, vivir sin gloria; pero no tiene muchos medios de conquistarla, y además la gloria se muestra en formas varias: hay la gloria ideal, la más noble, a la que se llega por el esfuerzo de la inteligencia; hay la gloria de la lucha por el triunfo de los ideales de un pueblo contra los de otro pueblo; hay gloria más triste de aniquilarse mutuamente en luchas interiores. España ha conocido todas las formas de la gloria, y desde hace largo tiempo disfruta a todo pasto de la gloria triste: vivimos en perpetua guerra civil.
Nuestro temperamento, excitado y debilitado por inacabables períodos de lucha no acierta a transformarse, a buscar un medio pacífico, ideal, de expresión y a hablar por signos más humanos que los de las armas. Así vemos que cuantos se enamoran de una idea ( si es que se enamoran), la convierten en medio de combate; no luchan realmente porque la idea triunfe; luchan porque la idea exige una forma exterior en que hacerse visible, y a falta de formas positivas o creadoras aceptan las negativas o destructoras: el discurso, no como obra de arte, sino como instrumento de demolición; el tumulto, el motín, la revolución, la guerra. De esta suerte, las ideas en vez de servir para crear obras durables, que, fundando algo nuevo, destruyen indirectamente lo viejo e inútil, sirven para destruirlo todo, para asolarlo todo, pereciendo ellas también en las ruinas,
Es indispensable forzar nuestra nación a que se desahogue racionalmente, y para ello hay que infundir nueva vida espiritual en los individuos y por ellos en la ciudad y en el Estado.
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Ninguna nueva acción exterior puede conducirnos a restaurar la grandeza material de España, a reconquistar el alto rango que tuvo; nuestras nuevas empresas serían como las pretensiones de esos viejos impenitentes que, en lugar de resignarse y consagrarse al recuerdo de sus nobles amores juveniles, se arrastran en busca de nuevos amores fingidos, de nuevas caricias pagadas, de parodias risibles, cuando no repugnantes, de las bellas escenas de la vida sentimental.
Si yo fuese consultado como médico espiritual para formular un diagnóstico del padecimiento que los españoles sufrimos, porque padecimiento hay de difícil curación, diría que la enfermedad se designa con el nombre de "no querer", o en términos más científicos por la palabra griega aboulía, que significa eso mismo "extinción o debilitamiento grave de la voluntad >>.

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