Chardin y Rembrandt

 Chardin y Rembrandt



Chardin y Rembrandt es un ensayo inacabado escrito alrededor de 1895 por Marcel Proust. A menudo ignorado en la ilustre carrera literaria de Proust, este libro es una versión recientemente traducida por David Zwirner Books como una de las dos primeras entregas de su serie de écfrasis. Este ensayo es un experimento literario en el que un narrador anónimo aconseja a un joven melancólico, llevándolo a un recorrido imaginario por el Louvre. Allí, sus lecturas de Chardin dotan de un nuevo significado al mundo cotidiano, y sus reflexiones sobre Rembrandt llevan a su melancólico alumno más allá del ámbito de los meros objetos.
En estos textos Marcel Proust (1871-1922) se vale de dos artistas para ilustrar lo que para él son los fines del arte: enseñar a mirar lo que nos rodea con frescura y admiración, sabiendo hallar su belleza oculta incluso entre los sencillos objetos, y el poder del genio para crear con sus pinturas un cosmos cerrado y perfecto.
Sinopsis de REMBRANDT SEGUIDO DE CHARDIN Y REMBRANDT
“…trato de demostrar como son los grandes pintores quienes nos inician al conocimiento y al amor del mundo exterior, como son ellos quienes nos abren los ojos’, en efecto, sobre el mundo”. M. Proust En estos textos Marcel Proust (1871–1922) se vale de dos artistas para ilustrar lo que para él son los fines del arte: enseñar a mirar lo que nos rodea con frescura y admiración, sabiendo hallar su belleza oculta incluso entre los sencillos objetos, y el poder del genio para crear con sus pinturas un cosmos cerrado y perfecto. Estas exigencias que Proust pide al arte, él las realizó magistralmente en su novela En busca del tiempo perdido, donde transmuta los episodios corrientes de la vida en acontecimientos casi míticos y retrata toda una sociedad de manera fiel, compacta y penetrante. Proust escoge dos personalidades artísticas contrastadas que, cada una a su manera, son como el alquimista que sabe extraer el oro del plomo. Jean-Baptiste-Siméon Chardin (1699–1779), sobrio y sereno, amante de lo cotidiano, poseedor del don de desvelar la hermosura de las cosas, realiza esta revelación gracias a la calidad táctil de su pintura, que capta la riqueza material de los objetos, a la vez que la vivifica mediante toques de luz. Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606–1669) se halla lejos de los gustos de Chardin: prendado de lo misterioso, lo opulento y lo exótico, sabe cómo convertir la más oscura y pobre estancia en algo sublime; su magia se basa en el dominio de la atmósfera y la luz, y con estas armas todo lo transforma. Rembrandt es también el maestro que conoce los sufrimientos y la complejidad del alma humana y que los representa conmovedoramente, sin retórica, pero también aquí es la antítesis de los plácidos personajes de Chardin. A pesar de las oposiciones, Proust reconoce en ambos al pintor cabal, aquel que con su arte ayuda a comprender la realidad de manera más profunda.
Si preguntamos a la IA por este ensayo de Preoust:
El texto es un experimento literario a medio camino entre la crítica de arte y la ficción. Narra una visita imaginaria al Museo del Louvre, utilizando a ambos pintores para explorar el propósito del arte.
Las Visiones de Proust
Proust establece un contraste magistral entre ambos pintores:
- Jean-Baptiste-Siméon Chardin: Representa la revelación de la hermosura en lo cotidiano. Proust lo admira porque sus bodegones y escenas domésticas enseñan a mirar las cosas humildes con la frescura de un primer descubrimiento, elevando la materia tangible a una categoría casi mágica.
- Rembrandt Harmenszoon van Rijn: Representa lo sublime y misterioso. El autor destaca cómo Rembrandt, a través de su magistral uso de la luz y las sombras (claroscuro), logra transformar los espacios más oscuros y ordinarios en escenarios majestuosos cargados de profundidad psicológica.
El Propósito del Arte
Más allá de la crítica de arte, Proust utiliza estos textos para reflexionar sobre su propia teoría estética (que desarrollarían luego en En busca del tiempo perdido). Para él, el fin último del arte no es copiar la realidad, sino forzar al espectador a trascender las apariencias y mirar de forma distinta, encontrando oro puro en la cotidianidad o la oscuridad.
Los pintores favoritos de Proust:
- Johannes Vermeer: Proust lo consideraba el pintor supremo. Su obra Vista de Delft le obsesionaba de tal manera que incluyó su famosa "pared de oro" como elemento central de la muerte del escritor Bergotte en su obra cumbre.
- Rembrandt: Venerado por el autor, en particular sus autorretratos, que Proust utilizaba como máxima expresión de la erosión del tiempo y el envejecimiento humano.
- Claude Monet: Fue su gran debilidad entre los impresionistas. El estilo de Monet inspiró gran parte de las marinas costeras atribuidas a Elstir y alimentó la fascinación de Proust por la luz y los reflejos del agua.

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